Es de noche en casa y todos duermen. Solo se escucha la respiración de todos los que duermen y en uno de los cuartos el televisor todavía esta prendido. Olor a comida que viene de la mesa, debe ser carne de la cena que el niño no quiso comer, trepo y me encuentro con un filete en perfecto estado.

¿Por qué no habrá querido comer el niño?

En la tarde sus padres discutieron mientras yo ronroneaba por los sillones, él veía caricaturas y rozaba mi cuerpo contra los muebles buscando quitarme la picazón que en toda esa tarde me atormentó. La madre grita y el niño voltea, el padre grita también y ahora yo los miro fijamente a ambos, se gritan y el niño se asusta, yo erizo la cola y retrocedo hacia la puerta como para emprender una retirada fugaz, por si las cosas se ponen color de hormiga.

El padre se va, la madre llora y el niño llora con ella, se seca sus lágrimas con la blusa y va a la cocina, vuelve con dos platos de filete de res, bien cocidos, yo empiezo a oler magnificos aromas, pero de pronto la madre me bota al patio para que deje comer al niño, dice que hago mucha bulla. No importa, pude esperar a que apaguen todas las luces para colarme por la mampara de la sala y correr al comedor sin que nadie me vea. Aunque en el cuarto de la madre todavía se escuchan las voces del televisor, nadie me quitará lo que estoy comiendo.
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Simón tenia 5 años cuando vio un beso. Era la fiesta de la tía Gladys, todos los invitados eran mayores. Sus papás estaban bailando mientras él jugaba con Michigan en la azotea y se tiraba boca arriba a tratar de contar las estrellas. Él era en ese momento el más joven de los Rodríguez-Silva y no suponía lo que más tarde le iba a tocar vivir.

Samuel y Josefa subieron a la azotea como si no hubiese nadie, se arrinconaron en la parte más oscura y empezaron a besarse como dos adolescentes normales. Simón, escondido entre viejas cajas de lavadoras y refrigeradoras tenía una vista magnífica de la arremetida de ambos. Sus ojos brillaban de ternura y embelesamiento, de lujuria pueril y de sentimientos de vergüenza. En un momento sus pupilas se quedaron mirando fijamente los labios de Josefa, su prima y se quedó con la boca abierta, añorándolos y alucinando con ellos.

De pronto Michigan salio corriendo porque Simón le piso la cola, ambos adolescentes voltearon, las miradas acusantes que le lanzaron le rompieron las pupilas y de puro macho se escondió. Samuel se irritó y dejo sola a Josefa con su primo. Ella agarró diez soles y le dijo: No le digas nada a mi mamá y tendrás muchos más de estos.
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Ella salta la reja y mira fijamente al gato de Simón que corre en ese momento tras una bola que calló del balcón de donde porvienen los jadeos que la desesperan. Camina sigilosa por entre el pasto mientras el gato se pierde en la oscuridad de la noche y de los cabellos de Sofía que se mecen en vaivenes de la mecedora mientras su hijo jadea en la bañera del cuarto de invitados. De pronto Sofía despierta y se encuentra con Sandra en la sala.

- Si no eres tú, ¿con quién está Simón?
- No sé señora, no lo sé.

Se escuchan los jadeos y a Michigan, el gato, pasar por encima de ellos.

Ellas bajaban las faldas del cerro a toda velocidad que solo podían oír el ruido de las rocas cayendo. Sus zapatos, antes negros, se estrellaban contra el suelo, levantando polvo, pateando piedras y uno que otra vez patinando encima de piedrecillas. Los tunales no les impedían bajar; mas bien, les delimitaban el camino entre el cerro y la quebrada. Todas a un ritmo bajaban como si estuvieran el los tiempos el "Inga". Detrás de ellas se escuchaban chillidos ensordecedores como de cientos de aves que volaban contra ellas. Yo las miraba de mi azotea, como si se tratara de un espectáculo, como si el cerro dorado fuese un recinto de esparcimiento para colegias que simplemente subieron para ver mejor la ciudad y desafiaron al dueño de casa, del cerro. Desafiaron al Águila y alguien tenia que pagar las consecuencias.

Cuando empecé a escuchar sus gritos más claramente, me alejé del techo, baje al depósito y esperé al animal con la escopeta en las manos.
Imagen by shaymurphy

Nace el sol por donde se oculta tu vergüenza,
y suspiras diciendo ya pasó,
pero el pasar es cuando tu día empieza,
de golpe te das cuenta, amaneció

Y caminas sin dejar tus huellas,
por alguna calle de esas sin veredas,
murmurando a veces que fue de ellas,
atolondradas y envueltas en bellas sedas.

Acompañas fielmente la perfilación,
de un niño que contigo calla,
su más larga y triste desesperación.

Y al llegar a casa te arrepientes,
de tu noche, tu vida y la oscuridad,
es entonces tiempo en que sientes,
que la vida pasa y se va haciendo vanidad.

*Del poemario Adivetreum, de mi baúl de recuerdo.


Emilio caminaba sudando como todos los viernes por los jardines, buscando un lugar donde encontrar un tomacorriente triple para conectar su notebook. Arrastrando los pies de cansancio y sin dejar de mirar el suelo se deslizaba entre las veredas de la universidad.

A lo lejos, y casi al instante en que levantó la mirada, divisó una pequeña mujer de cabellos medio dorados. La recordaba de alguna reunión donde compartieron ideas y puntos de vista. Le caía bien aunque siempre la había visto con la nariz alzada e ignorando la presencia de los demás.

- A ver pues, qué pasa.

Levantas la mirada como si estuvieras a punto de conocer a un personaje importante y te dispones a saludarla, mírala, mírala para que ella sienta tu presencia y te devuelva el saludo, para ver si deveras te saluda cuando te saluda. Mírala pasar cuando ella camina a tu lado y ni siquiera levanta la mirada, ella sigue hablando y tu, cual idiota desubicado, tienes que recoger tu mirada de sus cabellos medio dorados y seguir tu camino porque no quiere saludarte, porque no dependes de su saludo y porque - quieras o no - me llega altamente la gente hipócrita.