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Imagen by Lograi

La mano le tiembla una vez más, suelta el pincel y una mancha blanca se dibuja en el suelo. Una vez más Simón se agacha a recogerlo, lo deja en la mesa reumática que se equilibra al lado del caballete y se para.

De pronto la habitación se le cae para un lado y trata de mantenerse tranquilo, equilibrarse y dejar que pase una vez más, no lo puede controlar. A tientas y con riesgo a dejarse llevar por la pendiente se dirige hasta la cocina en busca de algún estropajo o servilleta que le ayude a limpiar el pequeño desastre. Se aferra al suelo y se deja llevar por sus vaivenes. Si va en contra de ellos se caería hasta el fondo de la habitación donde un cuadro de Sabogal intenta caerse por el movimiento. Tropieza y se va bruces al suelo. No sabe si es porque la habitación se está cayendo o porque un pedazo de madera le ha jugado una mala pasada.

Al voltearme contemplo la mancha blanca como si tuviera vida propia, se expande como si de algún lugar le echaran más agua a la pintura. La blancura empieza a arrasar con todos lo objetos de la habitación, no importa que se vayan cayendo hacia el nuevo punto de gravedad. Volteo hacia el otro lado y la veo allí, inamovible, como suspendida en el aire. La reumática mesa se ríe de mí, ella todavía tienes años para darle al oficio. Mi última pincelada se cayó al suelo y ahora está inundando toda la habitación. Todo blanco, todo limpio, tan callado y de pronto una voz me dice: 'bienvenido'.

Es de noche en casa y todos duermen. Solo se escucha la respiración de todos los que duermen y en uno de los cuartos el televisor todavía esta prendido. Olor a comida que viene de la mesa, debe ser carne de la cena que el niño no quiso comer, trepo y me encuentro con un filete en perfecto estado.

¿Por qué no habrá querido comer el niño?

En la tarde sus padres discutieron mientras yo ronroneaba por los sillones, él veía caricaturas y rozaba mi cuerpo contra los muebles buscando quitarme la picazón que en toda esa tarde me atormentó. La madre grita y el niño voltea, el padre grita también y ahora yo los miro fijamente a ambos, se gritan y el niño se asusta, yo erizo la cola y retrocedo hacia la puerta como para emprender una retirada fugaz, por si las cosas se ponen color de hormiga.

El padre se va, la madre llora y el niño llora con ella, se seca sus lágrimas con la blusa y va a la cocina, vuelve con dos platos de filete de res, bien cocidos, yo empiezo a oler magnificos aromas, pero de pronto la madre me bota al patio para que deje comer al niño, dice que hago mucha bulla. No importa, pude esperar a que apaguen todas las luces para colarme por la mampara de la sala y correr al comedor sin que nadie me vea. Aunque en el cuarto de la madre todavía se escuchan las voces del televisor, nadie me quitará lo que estoy comiendo.
Imagen by Aránzazu hg

Simón tenia 5 años cuando vio un beso. Era la fiesta de la tía Gladys, todos los invitados eran mayores. Sus papás estaban bailando mientras él jugaba con Michigan en la azotea y se tiraba boca arriba a tratar de contar las estrellas. Él era en ese momento el más joven de los Rodríguez-Silva y no suponía lo que más tarde le iba a tocar vivir.

Samuel y Josefa subieron a la azotea como si no hubiese nadie, se arrinconaron en la parte más oscura y empezaron a besarse como dos adolescentes normales. Simón, escondido entre viejas cajas de lavadoras y refrigeradoras tenía una vista magnífica de la arremetida de ambos. Sus ojos brillaban de ternura y embelesamiento, de lujuria pueril y de sentimientos de vergüenza. En un momento sus pupilas se quedaron mirando fijamente los labios de Josefa, su prima y se quedó con la boca abierta, añorándolos y alucinando con ellos.

De pronto Michigan salio corriendo porque Simón le piso la cola, ambos adolescentes voltearon, las miradas acusantes que le lanzaron le rompieron las pupilas y de puro macho se escondió. Samuel se irritó y dejo sola a Josefa con su primo. Ella agarró diez soles y le dijo: No le digas nada a mi mamá y tendrás muchos más de estos.

Ellas bajaban las faldas del cerro a toda velocidad que solo podían oír el ruido de las rocas cayendo. Sus zapatos, antes negros, se estrellaban contra el suelo, levantando polvo, pateando piedras y uno que otra vez patinando encima de piedrecillas. Los tunales no les impedían bajar; mas bien, les delimitaban el camino entre el cerro y la quebrada. Todas a un ritmo bajaban como si estuvieran el los tiempos el "Inga". Detrás de ellas se escuchaban chillidos ensordecedores como de cientos de aves que volaban contra ellas. Yo las miraba de mi azotea, como si se tratara de un espectáculo, como si el cerro dorado fuese un recinto de esparcimiento para colegias que simplemente subieron para ver mejor la ciudad y desafiaron al dueño de casa, del cerro. Desafiaron al Águila y alguien tenia que pagar las consecuencias.

Cuando empecé a escuchar sus gritos más claramente, me alejé del techo, baje al depósito y esperé al animal con la escopeta en las manos.

Habiamos estado tomando, y la insulte. Desenfrenada empezo a esconderse entre sus manos, con un vaso de alcohol de cebada, y en un momento no la vi. Tambalié hasta el carro y la encontre. Era el tercer piedrazo que le daba al parabrisas, al verme se apuro en darle dos más y corrió, yo detrás de ella con la cabeza estallándome. Supe desde un principio que se dirigía a casa de mi madre, no iba allegar, al doblar la esquina la cogí del brazo, la giré y le golpeé la cara como si no se tratara de una dama, ella se safó, no sé como, corrió hasta la puerta y tocó el timbre frenéticamente y la vi desaparecer en el umbral, me levanté y sacudi la arena que se me había metido, fui enfurecido a embestir la puerta, la llave me permitió abrirla e ipso facto procedí a buscarla, mi madre grita, encuentro la cara escondida de ella y el mundo se congela, en un universo paralelo nos encontramos solo y le digo que la quiero, en el mundo real la golpeé y me fui.

Este es el juego del pato cua-cua que divertido y alegre será, baygó, baygó, baygó, quince.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, miras entre la blusa de la rubia, seis, siete, ocho, nueve, diez, te agachas para que no se den cuenta, once, doce, trece, catorce, quince.

Gané, dijo ella.

Le sangraba la cabeza pero aun así queria mirarlo a los ojos, no se rendía, no quería ser el hazmerreír de sus compañeros, el Loco Sonámbulo le estaba ganando la batalla, él quería más, estaba adormecido cuando de pronto se hizo la luz.

El Loco apareció tres metros más adelante, sangraba de la cara, exactamente no sabía de donde, el charco se iba formando el chirrido se intencificó, nadie pudo socorrerlo, empezamos a huir y me seguía sangrando la cabeza, a lo lejos los caballos se acercaban pero aún no veía la entrada al pueblo, aún seguíamos corriendo, el Loco seguía desangrandose en el pavimento, los caballos repicaban y el sonido de las trompetas sacudia el silencio en el desierto, no se movía yo simplemente veía como escapaba el vehículo, tras los caballos un grupo de carretas se iban movilizando, me dolía demasiado la cabeza como para pensar en los problemas que vendrían, se detuvieron en el precipicio y exclamaron libertad, al oír ese grito sólo atiné a caminar más despacio, abroche mi casaca y decidí que la proxima vez no tomaría demasiado. La proxima vez mis víctimas no sufrirían demasiado.