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Y amanecí muerto, me acostumbre a levitar 5 centimetros encima del suelo, me acostumbre a poder pasar paredes, me acostumbre a ver al guardian barbudo cuando subía a mi departamento celestial, me acostumbre a no hacer nada, a vivir sin horas, a morir sin horas. A no existir infinitamente, a valorar lo material y palpable que ahora ya no existe y a pensar que la verdad toavia la estoy construyendo, igual que mi sueño. Maldito despertador.

Este es el juego del pato cua-cua que divertido y alegre será, baygó, baygó, baygó, quince.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, miras entre la blusa de la rubia, seis, siete, ocho, nueve, diez, te agachas para que no se den cuenta, once, doce, trece, catorce, quince.

Gané, dijo ella.

Hoy me senté a escribir y no pararé hasta pararme. He llegado a este estado luego de que mi organismo dejó de asimilar alcohol. No puedo pensar en nada y los que escribo ahora es de la nada, de las cosas que no tienen importancia por ahora, de las cosas que realmente no existen, de todo y de nada a la vez, no puedo pensar cosas concretas y abstraigo cualquier palabra que se me venga a la mente (la canción que escucho es buena), tengo ganas de orinar, otra vez.