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A la tercera vuelta me dijo que ya no aguantaba más, que se estaba mareando y que mejor no diéramos más vueltas en lo que restaba de la canción. Mis ojos se clavaban en los suyos y solo asentían disimuladamente.

La pista estaba llena, de todas las partes de la ciudad habían bajado los parroquianos a celebrar las fiestas patrias en una de las más exclusivas discotecas. Todo a favor, desde hace mucho tiempo que no hablaba con Serena.

Ella se había separado de su esposo hace tres años, pero yo no la veía desde hace unos diez. Nunca habíamos tenido una conversación por celular más larga que medio minuto, y cuando me llamó para decirme que llegaba a la ciudad me sorprendió tanto que le propuse salir uno de los días que pasaba por aquí.

La discoteca ardía de sudor y baile mientras nosotros apenas habíamos empezado a conversar sobre la vida, de nuestras carreras, de sus hijos, de mis metas y de las anécdotas más graciosas de nuestra época universitaria. Desde jóvenes siempre habíamos bailado poco entre nosotros, pero el amor por la salsa hizo que nuestros pies pidieran sabor y movimiento.

Era una salsa de Rubén Blades, Decisiones, la bailamos desde principio a fin y continuamos así durante casi la media hora de salsa que el sonidista había preparado para esta noche. Luego de la tercera vuelta, luego de que me dijera que ya no podía más, una salsa sensual entró en la pista y nos tomamos de las manos como a tiempo de vals. Mi mano izquierda rozaba apenas sus dedos de la mano derecho. Su otra mano se posaba levemente sobre sobre mi hombro mientras mi mano derecha poco a poco se fue acercando a su cintura, esa exquisita cintura. La música fue cayendo poco a poco, las parejas se sentaban se esparcían, no importaba nada, todo se callaban  incluso ella, eramos solo los dos los que importábamos. Por un momento se me pasó por la mente decirle que se quede. Que se quede para siempre bailando conmigo. 

Acabó la canción, el sonidista empezó con mezclas de rock, nos sentamos, pedimos la cuenta, ambos estiramos la mano para coger el recibo, nos tocamos.

- Todavía no, dijo ella.
- Esta bien, pero te esperaré toda la vida.
Imagen by liquid mirror

Vestidos del mismo color de su piel, los encargados de la funeraria transportaban a don Anselmo hacia el cementerio de la ciudad. La lluvia no era impedimento para las exequias de tan magnifico hombre, todos asistieron a su sepelio y poco les importó las lágrimas del cielo mientras seguían al féretro, mas bien creían que se trataba de un homenaje del propio Dios hacia su tan digno hijo.

San Francisco de los Inocentes era un pueblo demasiado pequeño, pero demasiado rico a la vez. Era tanta su riqueza que no sabían como escoger al alcalde ni mucho menos, cómo utilizar las riquezas que obtenían del Estado por medio del canon minero. Habían sido tantas las gestiones municipales que nunca se logró mejorar el pueblo y solo se acumulaba y acumulaba riqueza. Las calles se llenaban de polvo y de tristeza, aun cuando sus habitantes ostentaban lujos y ornamentos. En resumidas cuentas, nunca hubo un caudillo, un líder, un hombre hecho y derecho que pudiera llevar al pueblo a lo mas alto.

Don Anselmo Salvatierra llegó a trabajar a la minera Orogani cuando tenía 17 años y desde esa edad le tuvo afecto a la ciudad de los Inocentes. Aunque nunca podían bajar porque el trabajo era muy exigente, Anselmo se quedaba en las faldas de un cerro colindante a la mina, observando como poco a poco las luces se iban apagando y solo quedaba la plaza iluminada y desierta.

La primera vez que pudo bajar al pueblo fue en fiestas patrias, cuando toda la ciudad se empeñó a arreglar las calles y colgar banderas y cadenetas blanquirrojas. La minera estaba en inspección y los trabajadores tenían permiso de abandonar el campamento dentro de las treinta horas de revisión de las instalaciones y maquinarias. Su alegría fue tanta que se quedo sentado en la plaza luego de la cena hasta que se quedó desierta y solitaria como solía verla desde el cerro.

Esa noche decidió dejar la minera. No fue fácil, su contrato le obligaba a trabajar hasta el mes de septiembre, si no se le descontaría el veinticinco por ciento del sueldo total, lujo que cuando entro a trabajar no podía darse, pero sus sueños fueron más y bajo de la mina para quedarse en el pueblo.

Durante dos años trabajo de tendero, de albañil, de vendedor de agua potable - ya que el pueblo no tenía conexión directa - o simplemente haciendo los recados de cualquier persona. Poco a poco se hizo conocido como el chico que dejó la minera. Nadie se puso a pensar que cada paso que daba en la vida ya estaba escrito en la historia de la futura ciudad.
Imagen by Aránzazu hg

Simón tenia 5 años cuando vio un beso. Era la fiesta de la tía Gladys, todos los invitados eran mayores. Sus papás estaban bailando mientras él jugaba con Michigan en la azotea y se tiraba boca arriba a tratar de contar las estrellas. Él era en ese momento el más joven de los Rodríguez-Silva y no suponía lo que más tarde le iba a tocar vivir.

Samuel y Josefa subieron a la azotea como si no hubiese nadie, se arrinconaron en la parte más oscura y empezaron a besarse como dos adolescentes normales. Simón, escondido entre viejas cajas de lavadoras y refrigeradoras tenía una vista magnífica de la arremetida de ambos. Sus ojos brillaban de ternura y embelesamiento, de lujuria pueril y de sentimientos de vergüenza. En un momento sus pupilas se quedaron mirando fijamente los labios de Josefa, su prima y se quedó con la boca abierta, añorándolos y alucinando con ellos.

De pronto Michigan salio corriendo porque Simón le piso la cola, ambos adolescentes voltearon, las miradas acusantes que le lanzaron le rompieron las pupilas y de puro macho se escondió. Samuel se irritó y dejo sola a Josefa con su primo. Ella agarró diez soles y le dijo: No le digas nada a mi mamá y tendrás muchos más de estos.

Ellas bajaban las faldas del cerro a toda velocidad que solo podían oír el ruido de las rocas cayendo. Sus zapatos, antes negros, se estrellaban contra el suelo, levantando polvo, pateando piedras y uno que otra vez patinando encima de piedrecillas. Los tunales no les impedían bajar; mas bien, les delimitaban el camino entre el cerro y la quebrada. Todas a un ritmo bajaban como si estuvieran el los tiempos el "Inga". Detrás de ellas se escuchaban chillidos ensordecedores como de cientos de aves que volaban contra ellas. Yo las miraba de mi azotea, como si se tratara de un espectáculo, como si el cerro dorado fuese un recinto de esparcimiento para colegias que simplemente subieron para ver mejor la ciudad y desafiaron al dueño de casa, del cerro. Desafiaron al Águila y alguien tenia que pagar las consecuencias.

Cuando empecé a escuchar sus gritos más claramente, me alejé del techo, baje al depósito y esperé al animal con la escopeta en las manos.
Imagen by shaymurphy

Nace el sol por donde se oculta tu vergüenza,
y suspiras diciendo ya pasó,
pero el pasar es cuando tu día empieza,
de golpe te das cuenta, amaneció

Y caminas sin dejar tus huellas,
por alguna calle de esas sin veredas,
murmurando a veces que fue de ellas,
atolondradas y envueltas en bellas sedas.

Acompañas fielmente la perfilación,
de un niño que contigo calla,
su más larga y triste desesperación.

Y al llegar a casa te arrepientes,
de tu noche, tu vida y la oscuridad,
es entonces tiempo en que sientes,
que la vida pasa y se va haciendo vanidad.

*Del poemario Adivetreum, de mi baúl de recuerdo.


Verde,
verde a niña
huele a sal en los arrabales.
Calla,
calla que muero
sin silencio no funciona.
Hambre,
prurito de hambre
creo que callas.

El verde de niña
se convierte en hambre
y no funciona.
El silencio de la sal
- calla, calla -
el silencio de la sal...

Carrera de vida o muerte. Salimos del Jockey con Ajotaerre, caminaremos por la J. Prado hasta Aviación para que cada uno vuelva a su morada.

- Vamos hasta el puente.
- Nada, mejor cruzamos por el pastito.
- Putamare, no jodas huevón me cago de miedo.
- No va a pasar nada.
- Pero me cago de miedo.
- Ya, vamos a ver y si esta fácil cruzamos.
- Ok

Ciertamente, el trafico a esa hora no era muy intenso en la antigua Panamericana sur, el puente nos quedaba como a tres cuadras y la flojera nos estaba ganando. No decidimos nada, simplemente cruzar, con un miedo terrible acepté el reto, luego me vanagloriaría como si fuera un carrera mortal, simplemente alguien ya lo habría hecho antes, es nuevo para mí, era un reto de mente adolescente que al final logramos pasar, al final sólo son estupideces.

- Oye, me llama manguito
- Contestale
- Ok

No pare de hablar con ella y simplemente trate de interactuar entre Ajotaerre - yo, y manguito - yo. No salio tan espantoso, hablamos alrededor de cuarenta minutos, luego me despedi para tomar un vehículo a mi casa. Un taxi me cobró 10 soles (4.50, donados por el gentil y pelucón Ajotaerre, te lo pagaré en el cine) y no hice más que llegar a mi casa, prender la laptop y volver a llamarla, luego hablé dos horas con ella. Totalmente fuera de lo normal. Lingüísticamente no aportamos ninguna información, simplemente interactuamos.

Cuando, ya mas calmados - Ajotaerre and me - caminabamos cerca al Pentagonito:

- Oye, qué tal lata.
- De veras, pero camina nomás, todavía nos falta.
10:30 p.m San Borja Norte

- Ya Belezeta, alamos.
- Ok, pepepe, buen examen.
Me despedí de Ajotaerre y me dispuse a caminar, sí, caminar. La avenida estaba desierta, las personas simplemente eran raras en ese espeso horizonte nocturno. Esa noche era sólo yo y una ciudad pintarrajeada de gris con un toque caluroso. No debemos de bajar de los 23°C, por suerte estoy en bermudas y polo. Sigo caminando, por mi mente pasan fracciones de la noche, fracciones de alegría, estupidez y - sobre todo - compañía. Las Artes Norte. Un grifo, dos para ser mas exacto. Ahora un grupo de skaters desafian a la gravedad de Newton con sus acrobacias, yo, por supuesto, sigo caminando. Gálvez Barrenechea. Hace algunas horas también estuve por aquí, pero en esa ocasion no iría hacia el mismo rumbo, seguiría hacia el oeste. Me convertí en el raton de mi propio raton de laboratorio, en mi propia bolilla metalica dentro de un laberinto.

10:50 p.m Los Santos efímeros

Sigo en Las Artes. Corro. No sé por qué, pero si hay gente que corre hacia el pentagonito, por qupe yo no puedo correr mucho antes del siguiente día pero en dirección contraria. Simplemente corro - ¡Mierda, mis viejos me van a matar! - aunque nadie puede verme. Nadie pasa cerca de mí, los sanisidrinos estan durmiendo, otros deben estar en Asia, Santa María y los que disponen de más tiempo en Máncora, es sábado. A espaldas del San Agustín, otro grupo de skaters se ha parado y hablan entre ellos. apuro el paso, la imagen de un moreno santo peruano me espera en la acera del frente. Un sms. Cómo estas, bien, y ¿tu?

11:10 p.m No hay Ca(r)naval en Panamá

Doble la esquina - como si fuera posible - y ya estoy cerca de donde tomaría un carro que me llevaría a un deleite azucarado o salado - léase Delicias - pero no. No se ve un solo cuerpo motorizado por la famosa avenida de nombre centroamericano. A esta hora ya no pasa, tengo que caminar más, cerca queda una avenida de conocido nombre, abundan princesas cuando ya es muy tarde.

11:20 p.m Buscando la avenida del placer callejero

Un conjunto de lucecitas transitan por debajo de mis pies, más exacto seria decir por debajo del puente. La vía expresa no se ve tan congestionada, la JP si, a lo lejos la veo y me aliento a pensar que evité pasar por ahí. Todos los comercios estan cerrados, un miembro del serenazgo me mira atento mientras atravieso por delante de él. No veo nada interesante y prosigo en mi lento caminar, veo una notaria y una serie de instituciones, de hecho todas cerradas. En una de las esquinas, bueno cerca a una de las esquinas un personaje encorbatado le pide una respuesta a una señorita recatada de igual vestir que se acaramelea y dice: no sé. Me hago vagas ideas de su proposición, pueden ser muchas, hoy es 14 de febrero. En la Av. Arequipa pasan varios carros pero - casi - todos van a San Juan de Miraflores por Aviación. Vienen dos, corriendo, alzo el brazo, no parar: correteo. Se alejan los Chamas y yo pudriéndome en la famosa avenida. En el siguiente microbus le pago un sol cincuenta al cobrador y me hago de un lugar al fondo. me acomodó y me dispongo a viajar a Chorrillos. Hay trafico en general por Miraflores, y en mi cerebro también hay trafico, me duermo. Sólo cabeceo. Me sacudo del estupor, una señortita me mira atenta (traducción: roche). Larco, duermo, Reducto, Grau, tráfico, tráfico, tráfico.

12:00 a.mUn caos llamado Barranco.

Nos quedamos atorados en un espeso tráfico. Mierda. Avanzamos 5 metros cada tres, cuatro o cinco minutos. Cabeceo otra vez, la misma chica sigue mirandome. El carro no avanza y el bochorno empieza, por las ventanas no entraba nada. Se va despejando el tráfico, ya salimos, compare' acelera que me quedo dormido.

12:20 a.m La luz al final del tunel

Corre aqui, correo allá, llegamos a Chorrillos o más especificamente a la Av. Huaylas. Esa avenida por la cual los sabados van algunos varones a visitar, a sus mujueres, al penal de Santa Mónica (lean Día de visita). Pero a esta hora hay menos carros y se le hace más facil a mi - nuestro - conductor llegar a su destino, o por lo menos al mío. El sueño vuelve, pero ahora es otra chica que me mira cabecear (pobrecito, da risa, diría) y yo arrochado me sobo los ojos y sigo firme en llegar despierto a mi destino y no pasarme el paredero. Curva-Santa Anita, anuncia el cobrador y me bajo. Otros me siguen, no me fijo si la chica también lo hace, no me importa estoy arrochado porque, aunque no lo demostrara, en sus ojos se notaba que se moria de risa al verme. Shet. Subo apresurado a un carro: al tupac. Una anciana me ofrece un chocolate. Cuánto cuesta, treinta centimos, pago con cincuenta y la - vivaracha - mujer se hace la "loca" y no me da el vuelto. Me llega. Creo que mejor hubiera suvido a un taxi. Qué más da, ya estoy dentro y el carro ya paso casablanca.

1:00 a.m Alpinista urbano

La cordillera blanca es la zona donde se ve claramente el cabio de la costa a la sierra, en este caso es la avenida donde se encuentra mi heptageniara abuela, - sí, 75 años para ser más exacto y más parada que el profesor Carrasco - en la esquina un grupo de borrachosos vecinos estan celebrando o talvez matando penas. Tengo miedo. Tengo un celular, algo más de diez soles en el bolsillo y - suena raro - una pulsera. Mi caminar se hace menos pausado. La arena que predomina en Delicias me roza los pies. Cuarta cuadra que subo, un vigilante barbudo se ha puesto a descansar en su labor nocturna, sopla el - que no suene grosero - pito. Llego a la puerta, caigo rendido. Zapatillas, medias, bermudas, polo, me pongo el pijama. El calor me mata, pero mi - salado - cuerpo pide a gritos descansar, será mañana. Por el momento empezaré a desear que nadie piense en mi en lo que queda del sueño.