- ¿Cómo te reconoceré si luces igual a las demás?
- Tengo un lunar en el ojo izquierdo.
© Carlo Reátegui

Cuando ella vivía frente al cine, cada día me paraba en la puerta a comprar una entrada y esperar tener la oportunidad de verla. Por lo menos de casualidad.

Habían pasado años desde la primaria y todo era diferente. La bodega de Joel ya no existía, la vendieron y ahora en ese lugar estaba un mini casino. Al frente, la verdularía del chino Tsung se convirtió en billar. Los chifas criollos proliferaron, el cine cayó de nivel, el color de las casas perdió contraste y los recuerdos apenas circulaban por el barrio.

Sandra caminaba conmigo esas calles durante las salidas del colegio. Yo la dejaba en su puerta y corría donde el chino a comprar los tomates que mamá a veces me pedía para la ensalada del almuerzo. No volteaba hasta llegar a la verdulería, casi caminaba de espaldas esperando a que ella entrar a su casa. A que no le pasara nada.

A los trece años todo eso se rompió. Crecimiento, desarrollo, llámenlo como quieran pero ella ya no tenía tiempo para mí. Ahora eran otros chicos los que la acompañaban después del colegio y el chino Tsung perdió a uno de sus clientes porque casi ya ayudaba a mi madre en casa. Los domingos por la tarde ya no jugábamos fulbito en la calle y poco a poco todos íbamos armando parejas para ir al cine. 

Ella siempre fue acompañada. Yo no, ni en grupo.

Cada día me paraba en la puerta a comprar una entrada y esperar la oportunidad de verla, por lo menos de casualidad. Siempre salía con sus hermanos, con su mamá o con algún galifardo que por allí asomaba con intereses mayores que solo amistad.

Yo estaba celoso, pero era tan pavo que ni siquiera me atrevía a decirle lo que sentía por ella. Cada día me moría y sentía las manos de la soledad inquietando mi cuerpo adolescente.

***

En el barrio también vivían Moncho y Pancho. Junto a ellos yo pasaba mis tardes olvidándome del amor y pensando más en como ser rebeldes. Pero rebeldes caletas, ante todo debíamos ser caletas.

Pancho vivía al frente del colegio, en una casa de cuatro pisos que solo era habitada por su familia. Todos salían a trabajar todos los días y no regresaban hasta la tarde. Aprovechamos las oportunidades y empezamos a faltar a clase. Primero para leer y conocer el mundo a partir de la literatura, pero luego todas nuestras alegrías se convertían en alcohol, cigarros y diversión. Corríamos en la azotea haciendo espectáculo de nuestras ventajas. Disfrutábamos la vida.

Sandra también tenía un grupo de mujeres que eran mejores amigas en el colegio. Eran las que más se ofrecían para representar al salón en cuanto concurso entre grados existieran. Cerca de la fiesta institucional del colegio, ellas se habían ofrecido para un sketch. Pancho se comprometió en prestar utilería, por lo cerca que quedaba su casa y entre nosotros nos miramos con cierta burla, una nueva fecha de diversión.

Ese día llegamos todos temprano. Ellas venía a prestarse los muebles para el acto teatral. Nosotros tan solo diversión matutina en horario de clases con un poco de alcohol para alegrar la mañana. Todo transcurrió muy bien, pero tantas tardes esperando en la puerta del cine iban abriendo esa puerta que ante Moncho y Pancho siempre había mantenido cerrada: me moría por Sandra, sufría por ella, me encerraba en mi cuarto a cantarle canciones como si la tuviese en frente. Cada noche, cada momento en el que me quedaba sin ruido y mi cabeza era obligada a reflexionar, no lo hacía: pensaba solo en ella. Pero esa puerta se cerraba cuando salía de mi cuarto, cuando luego de media hora parado me animaba a entrar a la sala y ver la película que había comprado en boletería.

El alcohol a veces tiene ese efecto: de la euforia a la inanición. Mi sentimiento tenía tanta intensidad que el alcohol permitió que creyera que también tenía el alcance para hacerlo.

- Moncho, préstame tu cel.
- ¿Para qué?
- Sandrita, brother, ya no puedo más.

***

¿Por qué me acordé de ella?

Moncho, años después me dijo que había sido un imbécil. Pancho también me lo dijo. Nuevamente entre alcohol reflexionamos sobre esa mañana y yo todavía no había ordenado las ideas sobre ese día. ¿Qué había pasado por mi cabeza?

Pancho supone que el alcohol me empiló para malograr todo lo que había conseguido. Moncho cree, por el contrario, que todo era quimera porque él también le había puesto el ojo y no había logrado nada.

- Si yo no pude, tú tampoco ibas a poder.

***

- ¿Y qué le vas a decir?
- No sé, yasemevaacurrir algo total, noestoypicadoniborracho. Se entiende cuandoablo, ¿no?

***

Sandra, años después, volvió a hablarme. Casi como cuando hablábamos de niños, de púberes, Pero algo había cambiado en ella. Tal vez ya habría encontrado el amor en otro lado. Pero yo quería sacarme la espina. La llamé y le dije que volvía a Lima en pocos días. Que quería verla.

- Me voy a Arequipa la próxima semana, ¿cuanto tiempo te quedas? Si te esperas hasta el próximo martes puede que nos podamos ver.

Y si había esperado tanto tiempo, por qué no una semana más.

***

- ¿Aló? ¿Sandra?
- ¡Manolo! Shhh, donde estás, no puedo hablar, ¿por qué no han venido?
- Es que yo quería decirte...
- ¡Espera! Shhh, Cáceres está cerca, me va a quitar el celular. 
- Sí, pero....
- Shh, ya, chau, nos toca actuar.

***

Me paré nuevamente frente a sus casa el siguiente martes. Del cine salían algunas parejitas, llegué temprano como nunca y esperé unos minutos antes de tocar el timbre. Vivir en el extranjero me ayudó a ser puntual. Todo era ruido alrededor. Ella demoró un poco en sacar su cabeza por la ventana que estaba encima de la puerta. Salió, gritó de emoción y sonrió gritando ¡Ya bajo!

El sudor de las manos casi hace que se me caiga el ramo de crisantemos que le traje. Abre la puerta y me espera con un vestido violeta hermoso, un peinado casual unos zapatitos con correa y una sonrisa que me pone los ojos de borrego. Me abraza con efusividad, con ganas, con ganas, con nostalgia, con ganas, con amor.

Me mira y me dice que ha preparado una cena, que me lo merecía por esperar que volviera una semana luego de su trabajo. Subo junto con ella las escaleras, su perro me ladra como siempre, ya está viejo también, en la sala un ambiente sabroso se extiende por el aire, al parecer algún plato con carne ahumada, o es que se le ha quemado algo. Yo tengo el corazón hecho un anticucho.

***

Luego de la actuación todos aplaudieron, Sandra actuó de mamá. Hasta nosotros nos expusimos de que nos vieran parados en la azotea y aplaudimos.

 - Tengo que decírselo compadre, no me aguanto.
 - Oye, ya estás picado, deja de tomar y no hagas tonterías.
 - Pásame tu celular, un rato nada más.
 - Pero no hagas ninguna estupideces.

 - ¿Aló? ¿Sandra?
 - ¡Manolo! Deja de llamar así, casi me descubre Cáceres. ¿Qué tal salio la obra?
 - ¿Bellísima, estuviste bellísima?
 - No, yo no, la obra pues.
 - También, pero más estabas tú.
 - ¿Qué tienes, estas tomando?
 - Sí, es que...
 - ¿Por eso no vienes a clases? ¿Para tomar? ¿Qués está pasando contigo?
 - Es que tú me gustas, me gustas mucho hace mucho tiempo me has gustado y ya no puedo ocultártelos más.
 - ...
 - ¿Sandra?
 - Tengo que colgar.

***

- Ya la cagaste, compadre, la cagaste
- Salud, nada más. Espera a que salga y le pides disculpas.
- ¿Aló? ¿Miriam? ¿Me puedes pasar con Sandra? ¿No quiere?

***

- ¿Hace cuánto tiempo no nos vemos Manolo?
- Hace años, desde el colegio. En realidad desde que me fui. Ya ni sé por qué me fui.

Ella coge las servilleta y limpia un poco la copa, sirve el vino y ambos brindamos por la salud. Por qué todos estos años no los he podido pasar a su lado, si yo me moría por ella. Nunca le pedí perdón por ser tan estúpido en el ultimo año de colegio. Yo la quería, ella no, o por lo menos me dejó de querer. La velada transcurrió tranquila, ningún tema incorrecto se tocó. Ojala siempre hubiese sido así, que nada se hubiese tocado.

***

ESCENA 10: EXT. PÓRTICO CASA DE PANCHO

MANUEL ESTÁ HABLANDO CON SANDRA. AFUERA, ALUMNOS DEL COLEGIO SALEN A SUS CASA Y CAMINAN EN GRUPOS HACIENDO BULLA.

MANUEL:
Hola, Sandra. ¿Cómo estás?

SANDRA:
Bien... ¿Qué te paso hoy? ¿Por qué estabas comportándote de esa forma? Cáceres casi me decomisa el celular.

MANUEL:
Perdón, pero todo lo que te dije es cierto...

SANDRA:
¿Qué me dijiste? No recuerdo mucho, había bulla en todo el patio,

MANUEL:
Que... que tú me gustas.

SANDRA:
¡Ah!... Bueno, y por qué.

MANUEL MIRA SUS MANOS Y SANDRA SE MUERDE UN POCO LOS LABIOS, ENSAYA UN RICTUS DE TRANQUILIDAD. UN PERRO PASA POR SUS COSTADO Y SUBE LAS ESCALERAS DE PANCHO.

MANUEL:
No lo sé, hace poco que siento esto.

SANDRA:
No sé que decir...

MANUEL MIRA HACIA LA PUERTA, EL RUIDO DE LOS ESTUDIANTES SE VA APAGANDO, TIENE ALIENTO A ALCOHOL.

MANUEL:
¿Quiéres estar conmigo?

SANDRA:
¿¡Qué!?

MANUEL:
Tú me gustas mucho...

SANDRA:
No me pareces feo, pero por ahora quiero estar sola.

MANUEL (OFF):
Ahora yo también.

***

Sandra salió al balcón con dos copas más de vino. Hace mucho que nos estamos perdiendo entre recuerdos. Miramos ambos al horizonte desde una de sus ventanas que por no sé qué tiene una mancha pintada de amarillo.

- Esa mancha la hice pintando la pared, me pareció interesante que las motas se pasaran del cemento al vidrio.
- Es una bonita combinación.
- Sí, es bonita.

La luna se eleve por encima del cine, todo es perfecto, no reconocería a nadie si estuviese parado al frente observando todos los días hacia la ventana.

- Sandra, ¿cuál es el mejor momento para confesar algo del pasado?
- No lo sé. Si me lo preguntas a mí no me gustaría volver sobre el pasado.
- Bueno, que todo siga así.

Me abrazó de la cintura. Yo de los hombros. Recostó su cabeza en mi costado. La cámara hace un plano medio de nuestros cuerpos en contraluz con la luna y todo quedará en el recuerdo.
©Carlo Reátegui

Voy al baño por segunda vez. Al parecer algo me ha caído mal. Cojo nuevamente el cuchillo y sigo cortando en pedazos los restos de Elizabeth. ¿Hace cuanto tiempo que dejé de amarla? Parece que hace poco, todavía siento pena de haber terminado de esta manera, creo que ahora nadie puede comprender cuánto la extraño.

Su cara esta ahora mucho más delgada. Casi no tiene belleza, el frío la está deshidratando y cada vez que hago un agujero para que la sangre salga de su cuerpo es más difícil hacerla correr por lo coagulos que no cesan de caer como jabón líquido o materia de alcantarilla.

¿Hace cuánto tiempo dejé de amarla?

Una día la vi hablando con el jardinero, él llevaba un oberol de jean azul y los brazos al aire. Era muy joven para ser jardinero. Ella siempre lo miraba cortar el césped y cuando llegaba del trabajo él se iba a su casa. Casi siempre coordinábamos. Luego del tercer día no volvió. Su cuerpo lo tengo congelado en la bóveda del costado. 

Ella lo extrañó y comenzó a beber. Cada día yo la veía más destruida y solitaria. No le importaba mi presencia.Había trabajado tanto para ella y no recibía el mínimo esplendor de afecto. Creo que en ese momento empecé de dejar de amarla. Lo demás vino por añadidura.

Utilicé un somnífero en el vino para dormirla. La colgué de una viga del sótano, se sostenía solo por las muñecas, despertó por el dolor. Frente a ella había colocado al jardinero. Creo que en ese momento ya no la amaba. Y empecé a rebanarlo con la navaja que ella usaba para cortar su cocaína. No sé qué le dolió más. 

Luego, cuando ya estaba por desmayar por el dolor de las muñecas, el asco del cerdo destrozado frente a ella empezó a vomitar. Su muerte fue lenta, ella tenía un trapo en la boca. Ya se imaginarán.

Ahora me pregunto, hasta qué punto pude ser engañado. Siento pena de mí mismo. Sin querer, les hice un favor. Se divertirán ahora que ya no estoy en el más allá para vigilarlos.
Fotografía: Carlo Reátegui
a LCA

Estabas sentada viendo como una de tus pasiones era emulada en pantalla semi-gigante. Luego te enteraste que estábamos usando tus ideas para aprender. La tercera vez pasaste sonriente y saludando; la cuarta fue parecida, pero de noche y por lugares ajenos que apenas recorremos diariamente. La última estabas, pero no estabas.

Ahora te leo.
Fotografía: Carlo Reátegui

Luego del tercer cigarro empecé a impacientarme. Había pasado media hora y Solange no se aparecía por ningún lado. Pedí nuevamente un café y el mozo me alcanzó la taza con un capuccino espumante. Las formas indefinidas que me había dibujado en la taza me distrajeron por alrededor de 5 minutos y el cigarro que tenía en el cenicero se había consumido totalmente.

Estos días de agosto hace más frío que nunca, con la cámara a un lado esperaba al informante que lograría que Ernesto Mandriotti vaya a la cárcel y que, además, alguno de sus testaferros lo acompañasen. Pero ella no llegaba y el mozo empezó a ver con desconfianza el quinto café de la tarde. Con la mano temblorosa por la cafeína tomé un lapicero y empecé a escribir una nota. Se la di al camarero por si Solange llegaba. Después de todo la había esperado tanto como para decir que sí estuve aquí.

En la calle todo parecía tranquilo y las cosas fluían como cualquier invierno. Bufandas y gabardinas de un lado, guantes del otro, casi todos se frotaban las manos de vez en cuando y los bostezos abundaban entre los transeúntes. En un parque un grupo de muchachos jugaba con sus mascotas como si se tratara de un circo, las obligaban a saltar entre aros y se reían sin parar. Me senté en una banca medio mojada, refunfuñé y me envolví en los brazos en busca de calor. 

Metros más allá una joven parecida a Solange se sentó en el grass y comenzó a agitarse como si llorara o le faltase el aire. No me conmovió. Seguí dándole caladas al cigarro y de pronto la lluvia que se veía venir cayó sobre la gente. Poco a poco todos se fueron retirando hacia su casa. Me quedé yo con un gran saco y la mujer en el grass que llevaba solo un polo encima. Se iba mojando. 

La tarde que conocí a Solange fue casi igual, ella llamó y me dijo que andaba deambulando por los parques que estaban cerca de mi casa, buscando consuelo de un mal amor que la había dañado. Sebastián Mandriotti se llamaba. Yo apenas le había hablado una vez, no era muy simpática pero a una edad temprana uno más que gustarle alguien, lo ilusiona. Cuando llegué aún no había empezado a llover pero habían unas cuantas gotas  en la tierra, le resté importancia, pero al ver sus manos vía que se estaba cortando poco a poco las venas con una hoja de afeitar, como si jugara, como si la vida no valiera. Problemas familiares, me dijo, que los psicólogos y psiquiatras no la entendían. Yo desesperado le cogía le mano mientras con la otra rompía la navaja para que ya se hiciera daño. La abrigué y juntos conversamos horas sobre la vida y el futuro. Ese día me ilusioné para luego morirme de amor.

Ella se casó a los meses de conocerla. Inexplicablemente con el mismo chico que la había hecho sufrir esa tarde. Yo dije que había que seguir nada más. Cuatro años después, entre mis primeros trabajos, descubrí que ella se había vuelto adicta. Cambió las hojas de afeitar por las jeringas. Eso la alivia, me decían sus  hermanos cada vez que la iba a visitar al hospital. En el fondo casi siempre era lo mismo, sentía que tenía que cuidarla. Me engañaba pensando en eso hasta que llegaba el marido y se la llevaba a una clínica particular lejos de los escándalos que a cada tanto se suscitaban en las empresas que dirigían.


Cuando me acerqué a la joven todos esos recuerdos e juntaron, junto con impotencia. Le di unas palmadas en la espalda, ella volteó asustada. Le dije que se calmara, que no gritara, pero ella forcejeó tanto que la navaja que llevaba en el gran saco le cortó la cara, yo no quise, pero ella empezó a desangrarse. Gritaba pero la lluvia se encargaba de callar sus lamentos. Tranquila, le dije, ya se acabó,.Ya se acabó.




Imagen por Belezeta

Los jueves de estreno se nos había hecho costumbre ir al cine para probar qué había de nuevo en la cartelera. Nos volvimos cinéfilos y cada vez que podíamos nos escapábamos un fin de semana a un almacén de piratería a consumir todo lo que la industria no nos podía conceder a un precio razonable. Dormíamos películas, soñábamos películas, respirábamos películas, consumíamos películas, veíamos películas. De todo esto aprendí a valorar la compañía de la persona que amas y deseas que se mantenga a tu lado el resto de tu vida para que, cuando viejo, te acompañe y te proteja.

Las primeras señales aparecieron luego de ver una película animada. Los colores y las texturas no nos dejaron satisfechos, sosteníamos que no tenía importancia discutir sobre el tema técnico, pero me había raído tanto con la proyección que salvaba todos los defectos por el resultado de un producto ameno. Ella no. Ella, terca y cerrada en sus palabras, sostenía que la falta de aspectos técnicos le restaban todo a la cinta. “No puedes tener intención de algo y luego echarte atrás porque no lo pudiste pulir.” – esas eran normalmente sus palabras -. A partir de esa discusión tonta no pude comer ese día y dormí en el sofá, solamente porque empezamos a agrandar al situación y terminé cantando a viva voz que su película favorita – Una del cineasta Rodrigo Díaz -, no me gustaba en absoluto y me parecía una pérdida de dinero producirla y filmarla.

La segunda señal fue encontrar luego de muchos años, y aún parada en la puerta de su casa frente al cine, a Solei. La encontramos de casualidad un día que salíamos de una película que nos dejó encantados a ambos (La opera prima de un primo de ella que acababa de ganar el Festival de Lima), nos invitó a su casa, y ante la negativa – más de ella que mí -, nos ofreció una gran sonrisa que nos invitaba sin compromiso a sentarnos por un momento junto a ella. Al parecer ella acababa de bañarse, sacudía por ratos su cabello y se lo peinaba poco a poco, como si tuviera toda la tarde para realizarlo. Nos preguntó por la película y por las demás que habíamos visto antes. Nos confesó que alguna vez tuvo la idea de invitarnos, pero nos vio tan inmersos en un debate cinematográfico que no quiso acercarse a saludar. Tomábamos sorbos del vaso de agua que cada uno pidió. Solei jugaba con el perro que hace 4 años tiene de mascota y nos iba hablando del proyecto radial que había empezado meses atrás.

En ese momento se nos ocurrió cocinar para liberar las asperezas y porque, al fin y al cabo, una parrilla de chuletas de vez en cuando es agradable para una conversación entre amigos. Ella a veces me miraba de reojo pero no decía nada porque no estaba en su casa. Poco a poco le fue perdiendo el miedo a Solei y empezaron a tutearse y tratarse como mejores amigas del colegio. Destapamos un vino y me botaron de la cocina porque prepararían un postre para la ocasión. Me acerqué al balcón que daba hacia una calle de las más transitadas de la ciudad, pero que tenía una vista privilegiada de la puerta del cine. Cogí mi copa y me pregunté: ¿Por qué es que a mí no me fue difícil entablar amistad con ella? Y recordé, en seguida, los encuentros previos con Solei como compañeros de facultad.

*** 

La primera sonrisa que me lanzó mientras comíamos fue cuando me contaba cómo se les habían caído las papas al estar pelándolas porque estaban calientes. La miré a los ojos medio estúpido no sé si por el vino o por su mirada. Nadie,ni yo, se dio cuenta de mi cara porque solo estábamos los tres y ella estaba detrás de mí. Solei y ella se dispusieron a lavar los platos y yo volví al balcón con mis preguntas existenciales. Miré hacia una esquina y recordé como el primer día de clases toda la promoción se puso de acuerdo para ir a un restaurante de comida china a integrarnos como horario. Bailamos y tomamos toda la noche, pero nadie acabó mal. No peleamos y nos conocimos un poco a fondo todos los que estábamos involucrados en el tema. Como es de esperarse en grupos grandes, la mesa se partió entre los que se conocían, los que hacían amigos y Solei y yo que empezamos a hablar de los horarios de curso o de las materias que tenía que llevar. Desde ese momento me fascinó pero yo ya estaba de enamorado de ella y no podía terminar así por así con ella. Pero lo cierto que es que me reprimí. De vez en cuando quise “presentarme” como el buen partido, pero dije que los puedo maltratar porque en la guerra y en el amor todo se vale.

Ella al final se cambió de universidad y desde entonces dejé de verla. Tiene una cara linda, simpática, guapa y que, además, es inteligente y no profesaba de saber mucho sino que se dejaba enseñar para luego hacer. Empezó a trabajar y le perdí el rastro. De vez en cuando la veía y siempre tenía el mismo sentimiento de que algo pudo ser, pero no fue. No me remordía la conciencia, pero las posibilidades son correctas.

***

- Cuando ella lavaba los platos, Solei se acercó a la ventana a preguntarme qué le había faltado al plato.
- Nada – le dije  contento por la invitación -.
- Qué bueno, me agrada que te haya gustado.
- Oye, Solei – comencé a hablar dubitativo y mirándola a los ojos -, ¿Cuál es el momento indicado para confesar algunas cosas?
- ¿Algo con la ley?
-     - No, no. Algo más de palabra, tengo que hacer unos negocios con unos amigos.
-     - Yo no sé cuando se confiesan las cosas, depende de cuanta gente salga afectada…
-    - Pero si es el mundo de dos personas – traté de convencerla otra vez, mirándola a los ojos – ¿sería correcto explicarle a los implicados de una decisión?
-     - Me miró a los ojos y dijo: No lo sé, pero por ahora no quiero saberlo.
-     - ¿Ni siquiera aunque te cambie la vida
      - Por ahora no lo quiero saber.

Y llegó ella para volvernos los pies en la tierra y abrazarme mientras Solei esquiva la mirada y piensa en lo que no es. Pero podría ser.
La veo y siento que puedo sonreír nuevamente como lo hacía antes, sin rencor y con el más prístino sentimiento de dulce compañía.

Le susurro alguna vez en el odio frases secas, sin sentimiento ni razón.

La pierdo entre mil amores sin vacíos.

Lejos, ya casi nada puede ser como antes.

Vuelves como reminiscencias. Sabes de lo que hablo
Foto by Belezeta

El cielo en la mañana amaneció tan escandaloso que a los pocos segundo de iniciada la lluvia ya las calles se habían convertido en ríos como es común por aquí en los días cercanos a Navidad. Del otro lado, en el norte del emisferio, Morgana tomaba unas lindas tardes de sol en alguna playa caribeña de la costa Colombiana. 

Cuando escuché que se iba de viaje de placer al norte pensé en Huanchaco o Máncora, pero cuando llegaron las primeras postales de su viaje supe que, seguramente, no iba a saber de ella en mucho tiempo. Así que dejé Lima y cogí una vieja cámara de película y me largué a peregrinar con un par de compañeros por el largo sendero del Señor de Quoylloriti.

Llegado agosto, regresé a Lima con la sensación de que Morgana algún día aparezca repentinamente por el barrio y preguntase por Cecilia o por mí. Tal vez alguna tarde podríamos reunirnos juntos y charlas de cómo le fue allá y qué tanto hizo con su vida privada. Pero cuanto más la esperaba menores eran las probabilidades de verla.

Hacia noviembre escuché que había decidido trabajar en un crucero que recorrería 3 semanas las costas de tres islas del Caribe. Perdí las esperanzas.

Cuando empezó a amainar la lluvia aquél día lluvioso de Navidad, una llamada me despertó del sueño de media tarde.

- Aló, Felipe - preguntaba una voz desde alguna parte del mundo -. Habla Morgana, estoy en la ciudad.

- ¿Morgana?

- No te hagas, sé que me odias y no quieres verme

- Disculpa, es que no había reconocido tu voz.

- Esto en el Café Delirios - explicó-. Si quieres pasas por mí, es que olvidé el paraguas y esta lluvia me llevará a casa flotando.

- No te preocupes, salgo en seguida.

Cogí una vez más la botella de vodka, la alcé sobre mi cabeza y terminé de beber las ultimas gotas de bebida. Cuando me encontraron a la mañana siguiente, muerto, sostenía en la mano la foto descuidada de Morgana. 

- Ahora estarán juntitos, ¿no?

- Sí, vecina, si ellos se querían tanto, él seguro se murió de pena.
Fotografía por Belezeta

La primera vez que vi a Marcela fue cuando me abrió la puerta de su casa. Su marido era uno de los empleados más sobresalientes de una de las compañías a las que prestábamos servicios de seguridad y monitoreo. Llevaba un vestido largo azul moteado, de ama de casa, los ojos rojos y llorosos, ojeras y patas de gallo. Aunque todo su rostro transmitía nerviosismo estaba, nunca descuidaba su aseo personal. El cabello corto bien peinado y con dos ganchos a los lados que sostenían el cerquillo que sobresalía en la frente, las manos y la cara blanca por el uso de algún jabón de tocador de esos que tienen leche y avena. 

Su caso era tremendamente delicado, por lo que primero quiso atenderme en la puerta, le pregunté si podía pasar y me dijo que prefería que llegue primero su esposo, que la comprenda, pero que sí me podía ofrecer una taza de infusión o de algún café. No me negué y le pedí un café con leche mientras esperábamos a su marido.

Cuando cerró la puerta para ir a servirme la bebida me quedé contemplando la quinta en la que vivía junto a su recién formada familia. Una casa de mediados de siglo que conservaba un gran patio en la parte trasera donde algunos vecinos optaban por guardar sus carros según me había comentado la casera antes de tocar la puerta de Marcela. En un rincón unos grandes camiones de carga descansaban llenos de polvo, un cuarto de vigilante donde un ceboso residente colgaba su ropa en un tendedero que, al parecer, se había improvisado recientemente. Unos niños jugaban tranquilos con unos cachorros a los que pareciese que recién se les abrían los ojos. El cielo azul poco a poco más oscuro y un pequeño ventarrón de agosto que se avecinaba poco a poco por ese lado de la ciudad, a lo lejos el sonido de un avión que se prepara para despegar y las luces de los faros de las calles ya empiezan a parpardear.

De la portón de la quinta llega un rechinido acompañado por el rugir de un automóvil que se estaciona lentamente cerca del lugar donde los niños todavía juegan con los perros. De él desciende un hombre de mediana estatura, cabello negro crespo y con lentes redondos que se le caen un poco de la nariz, lleva un cartapacio negro entre su tórax y el antebrazo, cierra la puerta del auto con llave y mira hacia la puerta de su casa. Me saluda con una reverencia y yo le devuelvo el gesto con la mano. Camina lentamente hacia una de las niñas que juega en el grupo, ella lo ve y se le trepa alegre, ambos caminan rápidamente hasta su casa y suben las escaleras. Al verme en la puerta la niña se asusta de mi traje y su padre me estrecha la mano fuertemente.

- Vienes de parte de Gastón - me pregunta-.
- Sí - le respondo -. Acabo de hablar con Marcela, pero dijo que no me contaba nada hasta que llegaras.
- Pasa.

Abrió la puerta y dentro escuchamos un llanto muy cargado de sufrimiento. Marco dejó a la niña en la sala con el televisor prendido y corrió hacia la cocina. Me senté a un costado en uno de los sofás mientras miraba a un muñeco de peluche morado cantarle canciones a los niños en un canal de cable. 

Al rato Marco y Marcela salieron tranquilos, me entregaron el café con leche y ella me dijo que espere hasta que la niña se haya acostado para empezar con las preguntas.

- Esta bien - le dije -. No hay apuro por el momento.
Foto by Belezeta

La mesa vacía, simple y llanamente vacía. Los vasos caían desparramando la sangre y los líquidos que absorbíamos minutos antes. Los gritos pegados a las paredes remecían toda la habitación. Mis pupilas cada vez se dilataban más acaso buscando encontrar las razones de tu comportamiento.

Cuando el primer vaso tocó el piso tu manos me cogieron del cabello y apenas pidieron permiso para sacudir mis mundos interiores en tres segundos de incontables desequilibrios. ¿Y si despertamos? La felicidad se desvanece y la diversión se convierte en tormento, en terror, en soledad y, sin querer, en depresión.


A la tercera vuelta me dijo que ya no aguantaba más, que se estaba mareando y que mejor no diéramos más vueltas en lo que restaba de la canción. Mis ojos se clavaban en los suyos y solo asentían disimuladamente.

La pista estaba llena, de todas las partes de la ciudad habían bajado los parroquianos a celebrar las fiestas patrias en una de las más exclusivas discotecas. Todo a favor, desde hace mucho tiempo que no hablaba con Serena.

Ella se había separado de su esposo hace tres años, pero yo no la veía desde hace unos diez. Nunca habíamos tenido una conversación por celular más larga que medio minuto, y cuando me llamó para decirme que llegaba a la ciudad me sorprendió tanto que le propuse salir uno de los días que pasaba por aquí.

La discoteca ardía de sudor y baile mientras nosotros apenas habíamos empezado a conversar sobre la vida, de nuestras carreras, de sus hijos, de mis metas y de las anécdotas más graciosas de nuestra época universitaria. Desde jóvenes siempre habíamos bailado poco entre nosotros, pero el amor por la salsa hizo que nuestros pies pidieran sabor y movimiento.

Era una salsa de Rubén Blades, Decisiones, la bailamos desde principio a fin y continuamos así durante casi la media hora de salsa que el sonidista había preparado para esta noche. Luego de la tercera vuelta, luego de que me dijera que ya no podía más, una salsa sensual entró en la pista y nos tomamos de las manos como a tiempo de vals. Mi mano izquierda rozaba apenas sus dedos de la mano derecho. Su otra mano se posaba levemente sobre sobre mi hombro mientras mi mano derecha poco a poco se fue acercando a su cintura, esa exquisita cintura. La música fue cayendo poco a poco, las parejas se sentaban se esparcían, no importaba nada, todo se callaban  incluso ella, eramos solo los dos los que importábamos. Por un momento se me pasó por la mente decirle que se quede. Que se quede para siempre bailando conmigo. 

Acabó la canción, el sonidista empezó con mezclas de rock, nos sentamos, pedimos la cuenta, ambos estiramos la mano para coger el recibo, nos tocamos.

- Todavía no, dijo ella.
- Esta bien, pero te esperaré toda la vida.

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Conocí a Serena en la noche que estuvo más tranquila. Su voz no pronunció palabra alguna mientras el profesor explicaba la teoría de la relatividad. Apuntaba todo, hasta el suspiro del maestro al saber que estaba frente a una clase de no entendidos en la materia. Yo me quedé mirándola casi toda la clase desde arriba, como si en algún momento me convirtiese en un halcón y volara hacia su carpeta, mientras todo el salón grita de espanto, para raptarla y preguntarte solamente si me puedes dar un beso.

Me la presentó Camila, la prima de mi mejor amigo. Empezó como una relación de amigos difícil de explicar. Era el mejor amigo del primo de la amiga de ella. Algo más, ese día salimos en grupo. Nadie había entendido la clase y querían reunirse antes del parcial para dar un repaso a los temas. Recién empezábamos el ciclo y ya tenías circulo de estudios. Qué carrera contra el tiempo. Qué locura de las letras que, ante las ciencias, no pueden hacer más que reunirse y platicar como atacarlas en un cuadernillo universitario.

El hecho es que, sin darnos cuenta, ella se volvió mi mejor amiga. Le contaba todo. Qué pasaba con mis padres divorciados, qué sentía al ver pasar a tal o cual chica, qué no me gustaba de la universidad, qué es lo que haríamos cuando salgamos de la carrera, etc. Sus influencias económicas siempre aplacaban a mi humilde procedencia doméstica. Siempre decía que iba a trabajar en la empresa de su papá y yo siempre decía que esperaba que alguna empresa me eche el ojo. Compartíamos tanto por el teléfono, por el chat, por los mensajes de texto que apenas nos dimos cuenta que ya eramos parte de una historia común. Ahí es cuando Sofía hizo su ingreso triunfal.

Un día de lluvia ella llegó con Camila al círculo y nos pidió permiso para incluirla en la sesión. Ella era de otra universidad, pero estaba llevando el mismo curso. La incluimos y mientras la observaba todo el trayecto hasta su sitio, Serena me dio dos codazos que me volvieron a la realidad y al tema que debatíamos ese instante. Nunca me pude sacar de la cabeza la imagen de Sofía entrando empapada por la lluvia y tomando asiento frente a mí. Tampoco el momento de despedirnos cuando la besé y Serena, al vernos, salió corriendo hacia mi auto, entró, se puso el cinturón y tocó la bocina como si nos estuviera esperando horas de horas.

Nada fue igual desde ese día. Ahora a Serena le comentaba cómo me iba con Sofía, qué había logrado en la semana y cuanto me gustaba. A ella le daba igual, siempre me lapeaba y me centraba en el tema del curso o cualquier otro tema. Me desviaba de ella para que le prestara mayor atención.

La misma universidad nos separó. Yo apenas iba porque ya tenía que trabajar y Sofía me había aceptado ya dos años antes. A Serena apenas la veía por la facultad y alguna que otra vez me la encontraba en el chat. Nada como antes.

Un día en clases de verano, Agustín llegó a mi con buenas nuevas. Serena había aceptado estar con un chico de último ciclo. Era su primer enamorado. Yo alguna vez los vi juntos pero no sospeché nada. Ella siempre me evitaba el tema. Me molesté en un inicio, pero luego caí en la cuenta de que no tenía por qué.

A la salida la miré con él agarrados de la manos y no pude soportarlo, me enojé, no la saludé y terminé corriendo por las calles con mi auto en busca de Sofía. Algo había cambiado, no lo comprendía. Hasta hoy.

Caí en la cuenta de que tal vez en algún momento ella se esperanzó en quedarnos juntos. Yo saqué el pie y todo se vino abajo. Olvide que el que se quedó pegado viéndola el primer día de clases fui yo. Que en un principio me había movido el piso. Pero la dejé ir. No le dije nunca nada y ahora ella también se va, es feliz. A las personas les cambiamos el destino con una palabra sincera, con una confesión. Pero no podemos hacerlo porque creemos que, con el tiempo, estas llegarán solas. Nunca llegan, eso es cierto. Y tenemos a aprender a convivir con las palabra atragantadas.

Y de tanto atragantarnos, morimos.

Imagen by Odaяa

Cuando terminé de subir el piso número quince recordé la frase de Westphalen: "nadie sube, son las escaleras las que bajan". Me quedé pegado a la barandilla a retomar el aliento y pensar que todavía faltaban cinco pisos. Maldita claustrofobia.

De pronto alguien sale por las escaleras de emergencia y sonríe fugazmente. Una joven que, por los frenillos en sus dientes, me causa mucha simpatía y me saluda como si fuera un conocido del barrio. Me mira con dulzura, como si le diera pena. Me coge del brazo y me ayuda a llegar al piso dieciséis sin problemas.

Sus manos eran suaves, como si recién se hubiera echado loción o crema para bebés. Su piel era tersa porque tenía un brillo sobre el que no desentonaba con la sonrisa que centímetros arriba me mostraba. No era muy alta, apenas le sobrepasaba. Sin embargo, su agilidad y bondad me hicieron querer que me ayude en todos los pisos que faltaban.

Me preguntó por qué no usaba los asesores a mi avanzada edad. Le conté sobre la claustrofobia que sufría desde niño y mi temor a morirme de un infarto por viajar en esas cajas. Me dijo que no me preocupe, que ella me podía ayudar a vencer ese miedo. Entramos al piso y un pasillo poco decente nos recibió. Me dijo que ese piso era la redacción de un diario amarillo y nunca lo arreglaban bien. Cogió una llave y abrió el ascensor de trabajadores. Me invitó a subir y yo perdido en su rostro tan hermoso ni me fijé cuando entramos casi de la mano. Le dije que iba al piso veinte a una reunión con mi abogado. Habló mal de él, que por qué no iba el a verme en vez de ir yo a por él, que tal vez solo me esté sacando dinero y no me representa fielmente. Le dije que no, que era un asunto extraordinario y que llegaba sin avisar.

En el piso dieciocho el ascensor se detuvo y yo me empecé a asfixiar. Una enfermera subió y dijo que tenía que ir a comer al piso 19. La chica de la escalera le habló como si se conocieran y se despidió antes de que baje. Cuando llegamos ella me quiso soltar y yo le dije que me espere, que tal vez mi abogado no estaba y que, si es que estaba, iba a demorar poco. Además, no podía bajar solo veinte pisos. Ella aceptó en esperarme un poco malhumorada.

Ramírez no estaba.

Cuando volvía hacia el ascensor la miré por primera vez de cuerpo entero y detenidamente. Su sonrisa era encantadora; su pelo y su rostro, también. Llevaba el pelo recogido su perfil se presentaba mágico, íntegro, lozano.

Cuando entramos al ascensor no me habló. Creo que su malhumor se extendió un poco más aunque seguía sonriéndome. Le conté como había empezado mi claustrofobia y tuvo compasión de mí. Se le pasó la acidez. Me tomé la libertad de cogerla de la mano y ella me miró con pena y dulzura, como su fuera su abuelo.

Al bajar le di las gracias y le pellizqué el brazo tiernamente. Ella me miró medio asustada y me dijo que tenía que trabajar. Por un momento me recordó a alguien y no sabía quién era. Me aferré a su brazo y no la quise soltar. Mi memoria estaba trabajando, pero no lograba llegar hasta la persona a quien ella me recordaba. Forcejeamos un momento hasta que ella se desesperó, empezó a gritar y miembros de seguridad se dirigieron rápidamente hasta donde estábamos. Todos se venían y me contenían pero yo no podía soltar su brazo. Ellos eran dos, tres y cada vez llegaban más y por extraño que parezca no podía soltarla. Tomé valor y le dije: no me dejes. Ella se serenó y todos se fueron apartando uno por uno. Ella me miró a los ojos y me respondió: nuestro tiempo terminó, Gaspar, el horario de visitas terminó.

Sofía me dio un beso en la frente y uno en cada mejilla, me hizo una señal de la cruz en la frente y tomó el gabán que había dejado tirado en un rincón. Nos vemos la semana que viene, me dijo. Yo quise extenderla mi brazo pero la camisa de fuerza no dejaba que me moviese bien. Caí en mi sitio y empecé a pensar en todo el tiempo que llevaba ahí y que , tal vez, afuera el mundo habría cambiado durante todos esos años.


Imagen by Ezra Arcia

La ciudad negra como siempre, las luces apenas nos dan la noción de que algo afuera nos aguarda y estamos desprotegidos a tal punto que no podremos escapar si algo salta sobre nosotros.

Las lunas empapadas, somos quince o veinte personas dentro de una misma sala. Algunas comen, otras ríen, otras teclean algo en su ordenador y otras mienten una sensación de tranquilidad. Si me escucharan, tal vez me tendrían más temor que a la escopeta recortada que está en mi maleta. Ellos llegan.

Su carro es un Ford Focus del año. Se sientan y piden dos cafés y un club sandwich. Hoy no me bañé, debo apestar porque nadie se ha sentado en las mesas del costado. Ella lleva una falda roja y un saco negro. Como si luego de esta informal reunión pudiera salir a divertirse un poco. Él la mira y alardea un poco acerca de ser el elegido por esa mujer para salir a tomar un café. Algunos carros pasan por la avenida, apenas se escucha el rumor de las llantas al rozar con el asfalto. El café llega un poco retrasado. El dedo meñique de la mujer se estira, el rictus de sus labios la vuelva aún más deseable. Embelesado él no deja de mirar a su rostro. Ella lo mira y le sonríe. Como le puede sonreír a un extraño o a un amante. No como le sonreiría a su marido. No tan fríamente como me sonríe a mi.

El mozo grita que en diez minutos cierran el local y mucha gente empieza a salir rápidamente por la vorágine que se aproxima desde mis entrañas. Ellos siguen tranquilos, como si nadie hubiese dicho nada. Se cogen de las manos. Por estos lares nadie podrá encontrarlos.

Cuando solo quedamos los tres en el recinto cojo maletín y lo abro. Cojo los libros que dejé sobre la mesa mientras esperaba para guardarlos y saco mi arma. La escopeta recortada. El mozo no se atreve a entrar porque sabe que esta es una cuestión personal. Ella mira de reojo y no se da cuenta de que no tendrá nunca más esa sonrisa en el rostro. Esa sonrisa fría.

Se paran y yo escondo el arma en mi espalda, ambos llegan al Ford, él le abre la puerta y ella le devuelve el gesto con un coqueteo. Da la vuelta al carro rápidamente porque si algo saltara sobre él ahí afuera, no podría escapar. Cuando logra abrir la puerta hasta el límite, yo presiono el gatillo. Nadie grita. Nadie llora. Ella se ha quedado mirándome y el ya no puede mirar. Le quito las llaves, enciendo el carro. Ya no importa que le dispare a la mujer. Dirijo el carro hacia el sur y por un momento creo que alguien nos ha visto, tal vez luego pueda volver por él.

Cuando Catalina abrió el portón no encontró a nadie leyendo en el patio delantero. Detrás de ella Noelia cerró la puerta y se quedó parada a su lado, también sorprendida.

- ¡Abuelito, levántate ya!

Nadie respondió desde al sala y sintió que la saliva le escurría por dentro de la garganta. El vacío se estaba formando.

- ¿Abuelito?

Ambas entraron rápidamente a su cuarto y lo encontraron durmiendo. Catalina como siempre cogió su mano y esta dócilmente se dejó atrapar. No había movimiento. No había calor.

- Noelia - tembló al hablar-, creo que el abuelito se ha muerto.

Noelia no creyó. Toco sus pies y la palidez se le contagió en el instante. Corrieron. Esas noticias tienen que llegar rápido a los oídos de la gente.

Dos jóvenes corrían por la plaza del barrio de Calvario hacia Mollecruz. Y en el suelo y en el aire lagrimas y llantos se iban camuflando.
Imagen By dmaurot

El dolor lo sorprendía cada madrugada en la tarima de madera chusca que le regaló su madre cuando se fue de la casa. El colchón apenas soportaba los revuelcos de sufrimiento y cada noche él sentía que uno de los resortes se liberaba y le destrozaba la parte inferior de la columna, los cálculos lo estaban matando.

Para colmo su trabajo era el menos indicado para la enfermedad. Dedicó años a la albañilería y el oficio de latero en los techados del pueblo. El pueblo creció y había más trabajo. El trabajo aumentó y el cuerpo ya no podía aguantar este tipo de sacrificios. Cada sábado una nueva familia terminaba de construir el primero, segundo o tercer piso y él estaba ahí para cumplir con la labor. Pero la enfermedad pudo más y tuvo que descansar una buena temporada.

Cuando estás bien, todo va bien –decía– y nadie trata de hacerte daño. Cuando estás mal, todo se viene abajo. Ya nadie lo llamaba para el trabajo, los techados se acrecentaban, la economía del país crecía y permitía a sus paisanos construir y construir más casas, techarlas, colgar la cruz, romper el espumante, aventar caramelos y cuetecillos al mismo tiempo de manera que los que recogen los dulces tienen que esquivar los pequeños proyectiles. Todos celebraban mientras que en la tarima de madera chusca un viejo albañil sentía que el cuerpo se le quebrara de tanto sufrimiento.

Un día, harto de tanta inactividad, decidió no morirse de esa manera.

Avanzó incrédulo hasta el patio trasero de la casa. Ese descampado abrigaba tanto polvo y maleza que solo verlo le transmitió un pesimismo bárbaro. Cruzó por el camino que se abría entre la mala hierba, abrió la puerta de la letrina y orinó sangre que más que asustarlo le hizo caer en la cuenta de que de todas formas se iba a morir.

Desenredó una vieja manguera y fue a casa de una vecina a conectarla en el grifo. Ató el otro extremo a una vieja tina de baño y la llenó. Separó agua en otros dos recipientes, silbó para que la vecina cierre el grifo y se sumergió en el agua para sentir el frío del clima, para darse ánimos de sobrellevar la agonía. Se enjuagó con agua de los otros recipientes, se afeitó y fue al paradero del Puente Nuevo para esperar que algún compañero le ayudase a conseguir cachuelos para la medicina, compadre, cada día están más caras y, ¿sabe qué?, ya estoy en las últimas, un poquito de dignidad antes de morir no me caería tan mal. ¿A mis años quién no quiere morir como gente?

Los demás le tenían lástima. El loco Agripino se está muriendo –comentaban– hay que darle una manito para que no siga sufriendo. Poco a poco le iban llegando trabajos simples que él desarrollaba con mucho empeño. Una vieja taza de metal albergaba las monedas que ingenieros y otros maestros de obra le entregaban cuando acababa la jornada. Siempre volvía al paradero y un nuevo amigo lo esperaba con otro cachuelo.

Los dolores aumentaban y la sangre en la orina era tan recurrente que ya poco le importaba cuanto tiempo le quedaba de vida. Solo sabía que pronto moriría y le gustaría morir trabajando.

Eusebio Mendoza era un contratista informal de lateros. Se había enterado del caso de Agripino cuando un día lo vio cojeando y sentándose en la alameda que estaba cerca del paradero. No le costó mucho enterarse que se encontraba en las últimas y solo buscaba tener una manera digna de morir.

En el pueblo todavía abundaban los techados, incluso había gente que decía que ya se podían considerar una ciudad. El ingeniero Bustamante siempre se contactaba con Eusebio para que, con su gente, realicen el trabajo en un día.

Eusebio, te tengo un negocio –decía– cómo es la cuestión. Somos quince cabezas, ingeniero –respondía– si quiere puedo conseguir más, todo depende de los metros cuadrados que haya que techar. Tú no te preocupes –intervenía el constructor– tú ven mañana a ver el techo y coordinamos bien, necesito a toda tu gente dispuesta a sudarla. Está bien ingeniero, ya mañana voy a ver el techo con usted y sacamos cuentas.

Eusebio invitó a Agripino a formar parte del grupo, como abastecedor de las latas. Como no podía cargar peso sobre los hombros, solo podía lampear el hormigón y el cemento como ayudante. Agripino aceptó encantado.

La mañana fue dura. El ingeniero les había encargado techar un auditorio que tenía por lo menos tres diferentes niveles. La labor no fue nada fácil y Agripino, sudando la gota gorda, cumplía con abastecer a las latas con la mezcla de concreto adecuada hasta que de un momento a otro sintió que se partía, dio un grito apagado y cayó mareado sobre el hombro derecho, aplastando la pala llena de cemento. En el acto los otros ayudantes lo cargaron y lo llevaron a un costado. Le dieron un poco de cañazo para que se reanime y siguieron con la faena. De rato en rato Eusebio le preguntaba cómo se sentía y él no respondía, se limitaba a asentir con la cabeza mirando a sus compañeros que terminaban de llenar el techo, los ojos se le aguaban.

A las seis de la tarde se concluyó con el trabajo. En el cielo las nubes eras escasas y no se esperaban lluvias fuertes en la noche. Agripino se acercó a Eusebio para pedirle disculpas por el impase y este le dijo que no se preocupara, que igual te voy a pagar lo que acordamos, mi hermano, hoy por ti mañana por mí y Agripino soltó una sonrisa de aprecio y alegría. Se limpió la mano y la estrechó fuertemente con Eusebio. Gracias compadre –le dijo– qué hubiera hecho sin este billetito. Alzó la maleta con sus ropas de trabajo y se fue perdiendo por la avenida que llevaba hacia la plaza de armas. Debió estar a medio camino cuando el cielo empezó a llorar.

*Publicado en Narrativas N°22
Imagen: RXD by me

Se pasa la vida caminando delante de mí como si por asomo mi vergüenza se canse de ocultar lo que verdaderamente siento. Silbo, me mira intrigada y escondo mis labios después de pasarle la voz. Mis manos tiemblan y no es por verla sino que se han acostumbrado al café. No puedo dejarlos. ¿Y si mañana volteara y simplemente se apague el mundo? Sus manos tantearían el oscuro hasta rozar mis manos temblorosa. Se asustaría y tal vez gritaría. Soy yo, dije. Pude sentir que reía y me tranquilicé. La abracé y permanecimos así. Las luces no volvían y cada vez que respiraba me iba despertando más y más.
Imagen by Pumpkin

Sacude las manos una vez mas, mírate el raspón que tienes en la palma derecha.

La tierra es dura en estos lares, a veces está rellena de piedras para que la lluvia no corroa mucho las bases. Ella sigue arriba, tiesa y silente como un mimo, como si por primera vez nadie la estuviera mirando y el viento no remeciera las ramas más largas del árbol que con placer la posee. La miro y me estremece el cuerpo, veo su cuello mal posicionado, como si fuera a caer y presiento que al despertar tendrá un dolo maldito que la molestara tanto o más que yo. Si respira muy fuerte se caerá, pienso. No lo dudo más y cojo el cedro como palpando algún respaldo por donde pueda llegar a la cumbre.

Mírate como lo intentas, cómo sin darte lo estás entregando todo por mí, te falta muy poco para llegar, toma mi mano, mira que abro los ojos, te sonrío. Ahora trépame a mí también.
Imagen by Vely***

Coge el arma con una de las manos. La pesa. La mira fijamente. Se desinhibe. Se quita la ropa lentamente para que la emoción no se escape por la rejilla de la persiana. Se mira al espejo mientras se quita los pantalones. Se mira y recuerda las manos de Roman serpenteando por sus estrechos mas salientes. Se mira a los ojos y no se reconoce. Vuelve a tomar el arma, sale al balcón y el sepulcro nocturno se ha quebrado por un instante. Su cuerpo cae y todo vuelve a la normalidad.